Hay dos maneras de llegar al Valle del Guadiaro, y las dos merecen el viaje. Se puede subir por el interior desde la zona de Alhaurín, atravesando el campo andaluz de siempre — olivos, encinas, cortijos blancos — hasta asomarse a la Serranía de Ronda. O se puede ir por la costa hasta Sabinillas y trepar desde el mar hacia la montaña por carreteras que van dejando el Mediterráneo a la espalda. Nosotros hicimos las dos en el mismo día: subimos por arriba y volvimos por abajo. Y en medio, un valle que casi nadie de la costa conoce.
En Finn-Invest llevamos desde 1988 en la Costa del Sol, y de vez en cuando el trabajo nos regala días así: los que nos sacan de la playa y nos recuerdan que Málaga tiene un interior que quita el habla.
Un valle con más historia de la que aparenta

El Guadiaro no es un río cualquiera. Por su valle pasaba el antiguo camino real que unía el puerto de Algeciras con el interior de España: la ruta de los arrieros que subían mercancías desde Gibraltar y el Estrecho, con sus ventas y posadas donde se dormía, se comerciaba y — dicen — se estraperlaba. El río, con caudal todo el año, movía además los molinos harineros de la comarca: la rueda hidráulica que los hacía girar se llama rodete, y algún molino de la zona todavía lleva ese nombre en la puerta.
Y luego está el tren. La línea que cruza el valle la construyó una compañía británica en 1892 — el famoso ferrocarril de Mr. Henderson — para unir Algeciras con Bobadilla, serpenteando entre desfiladeros y pegada al río. Es uno de los trazados más bonitos de Andalucía, con estación en la propia Jimera. Hoy la línea está en plena renovación y electrificación, una inversión de unos 500 millones de euros que prepara su reapertura: el día que el tren vuelva a silbar por el valle, se podrá bajar a la costa o plantarse en Ronda sin tocar el coche.
Jimera y sus vecinos
Jimera de Líbar es el clásico pueblo blanco pequeño, de pocos vecinos, dividido en dos: el núcleo en la ladera y La Estación abajo, junto al río. Es tierra de senderistas y piragüistas — por aquí pasa la GR-141, la Senda de la Serranía — y de una tranquilidad que en la costa ya no se compra con dinero.
Alrededor, todo queda a un paso. Atajate, a unos 6 kilómetros, es el municipio más pequeño de toda la provincia de Málaga, famoso por sus viñedos en ladera y su mosto artesanal. Benaoján, a unos 9, es tierra chacinera — embutido ibérico del bueno — y guarda dos tesoros: la Cueva del Gato y la Cueva de la Pileta, Monumento Nacional con pinturas rupestres de más de 20.000 años. Y el valle entero hace de bisagra entre dos parques naturales, Grazalema y Los Alcornocales: buitres leonados arriba, nutrias en el río abajo.
Dónde comimos (y dónde volveremos)
En Jimera paramos a comer en el bar de la piscina municipal, con su terraza junto al agua, ambiente de pueblo y menú del día honesto — el salmorejo estaba francamente bueno, y en verano el plan es redondo: comer, chapuzón y café. En la zona de La Estación está el Quercus, de cocina tradicional serrana, y el Allioli, clásico de tapas entre locales y senderistas.
Y como Ronda queda a unos 25 kilómetros, la tarde cayó allí. De Ronda sobra hablar del Tajo y su puente — está todo dicho. Lo nuestro fue más de barra: en El Lechuguita probamos el vino de Ronda, que vive un momento dulce, y allí mismo nos recomendaron visitar Bodegas Excelencia, que dicen que es de las bodegas más bonitas de Málaga. Queda apuntada para la próxima, junto con los templos serios de la ciudad: Tragatá, Casa María en el barrio de San Francisco o Pedro Romero frente a la plaza de toros, el del rabo de toro.
La vuelta por el mar
Volvimos por abajo, y la última parada fue Sabinillas, en Manilva: el pueblo costero más cercano al valle, a unos 50 kilómetros. Playa ancha, paseo marítimo de chiringuitos y un aire auténtico, de pueblo de costa de los de antes — otra cosa distinta del bullicio turístico de la Costa del Sol central. Café en el Chiringuito Almijara mirando el mar, y una espina clavada: nos quedamos con las ganas del calamar espetado. Habrá que volver, qué remedio.
La finca que nos robó el día

Fachada principal de la antigua venta y molino junto al Guadiaro
Y hay que confesarlo: a Jimera fuimos por una finca, y la finca nos robó el día. Una antigua venta y molino junto al río, reconstruida piedra a piedra por su dueño. Llegas y lo primero que te frena es la fachada devorada por la enredadera, con su gallo de veleta arriba; luego la terraza de piedra bajo el emparrado, con su fuente y la mesa a la sombra; y dentro, techos de madera, una escalera llena de plantas que parecen caer hacia dentro, y puertas y muebles rescatados de antiguos hoteles míticos de Málaga — el dueño rebuscó durante años hasta dar con auténticas joyas. Todo con el rumor del río de fondo, que se oye desde cualquier rincón. Hay casas que se visitan y casas que se recuerdan. Esta es de las segundas.



Esa finca — con sus dos hectáreas de nogales, el río a los pies de la piscina y un piso independiente en la planta alta — saldrá próximamente a la venta con nosotros. Si te interesa una propiedad así, escríbenos y te contamos antes de que se publique.

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